La consigna moderna que nos está dejando solos
Y sin embargo, nunca habíamos estado tan solos, tan ansiosos y tan desconectados.
La sociedad que nos enseñó a cerrarnos
No es casualidad que cada vez más personas tengan problemas para confiar. Vivimos en una cultura que:
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Premia la competencia por encima del cuidado.
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Normaliza la traición como “parte del juego”.
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Confunde frialdad emocional con fortaleza.
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Se burla de la sensibilidad y romantiza el cinismo.
En este contexto, no confiar en nadie parece una estrategia de supervivencia. Y al inicio, lo es.
El problema es cuando esa estrategia se vuelve identidad.
Lo “bueno” de no confiar: la armadura
Hay que decirlo con honestidad: desconfiar también protege.
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Evita idealizar a los demás.
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Reduce la exposición al abuso emocional.
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Refuerza los límites personales.
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Da sensación de control en un mundo impredecible.
Por eso tanta gente se aferra a esta postura. Porque duele menos que volver a creer.
Pero toda armadura tiene un costo: también impide sentir.
Lo malo: cuando la desconfianza se vuelve cárcel
Desde el desarrollo personal y social, la desconfianza crónica erosiona todo:
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Relaciones superficiales, funcionales, desechables.
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Miedo constante a ser vulnerable.
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Incapacidad para construir intimidad real.
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Soledad emocional disfrazada de independencia.
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Desgaste psicológico: ansiedad, irritabilidad, vacío.
El discurso del “yo puedo solo”… y su trampa
La sociedad aplaude al individuo autosuficiente, emocionalmente hermético, que “no necesita a nadie”.
Pero desde la psicología, esto es una ficción peligrosa.
¿Por qué desconfiamos tanto?
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Traiciones afectivas.
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Familias emocionalmente ausentes.
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Relaciones donde amar fue perder poder.
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Promesas incumplidas convertidas en patrón.
La desconfianza no nace del cinismo, nace del dolor no elaborado.
El verdadero problema no es confiar, es no saber en quién
La alternativa a la desconfianza total no es la ingenuidad, es la confianza consciente.
El impacto profundo en la identidad
Cuando una persona adopta el “no confíes en nadie” como filosofía:
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Se vuelve su propio juez, refugio y cárcel.
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Vive en alerta constante.
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Confunde control con seguridad.
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Pierde la capacidad de sostener vínculos nutritivos.
Y aunque no siempre lo admita, duele.
Una verdad incómoda pero necesaria
Desde la psicología, el desarrollo personal sano no consiste en cerrarse al mundo, sino en aprender a habitarlo sin perderse.
Y como sociedad, estamos pagando ese precio con ansiedad, aislamiento y relaciones rotas antes de empezar.

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