El Alcohol.

 


El Invitado de Honor que se está Robando tu Vida

En el mundo de la psicología, solemos decir que lo que no se expresa, se actúa. Y vaya que el alcohol es un excelente actor. Se disfraza de "relajante" tras un día pesado, de "chispa" en una cita o de "consuelo" en la pérdida. Pero, seamos sinceros: el alcoholismo no es un vicio de gente sin voluntad, es una anestesia emocional de alta fidelidad.

Si estás leyendo esto en un blog de psicología, es porque sospechas que esa copa ya no es para celebrar, sino para aguantar. Vamos a diseccionar esta realidad con la crudeza que te mereces.

El Cuerpo: Una factura que no admite cuotas

Antes de entrar en la mente, hablemos del envase. El alcohol es una sustancia democrática: destruye a todos por igual. No importa si bebes whisky de etiqueta negra o mezclas baratas en una esquina.

  • El cerebro en modo "ahorro": El alcohol es un depresor del sistema nervioso central. Al principio te "prende", pero a largo plazo apaga las zonas del cerebro encargadas del autocontrol y la planificación. Básicamente, te vas convirtiendo en un pasajero de tu propia vida.

  • El hígado en huelga: Tu hígado procesa el alcohol a un ritmo lento. Cuando lo saturas, las células mueren y son reemplazadas por cicatrices (cirrosis). No hay botón de reinicio aquí.

  • El corazón traicionero: La hipertensión y las arritmias son las compañeras silenciosas de quien bebe "con ganas" cada fin de semana.

Desarrollo Personal: ¿Creciendo o Sobreviviendo?

Aquí es donde entra la crítica social. Nos han vendido que el alcohol nos hace más sociables y seguros. La realidad es que es un anestésico para el crecimiento.

Si cada vez que sientes ansiedad, miedo o aburrimiento recurres a la botella, estás atrofiando tus músculos emocionales. La resiliencia no se construye en la barra de un bar. El alcoholismo te detiene en el tiempo; puedes tener 40 años, pero si bebes desde los 18 para lidiar con tus problemas, emocionalmente sigues siendo ese adolescente que no sabe qué hacer con su frustración. El alcohol no te ayuda a encontrarte, te ayuda a esconderte de ti mismo.

 El Efecto Dominó: Familia y Sociedad

El alcoholismo es la única enfermedad donde el paciente se siente "bien" y los que lo rodean son los que sufren los síntomas.

  • En la Familia: Se crean roles tóxicos. Está el "codependiente" que limpia los desastres, el "hijo invisible" que no quiere dar problemas y el "hijo rebelde" que refleja el caos. El hogar deja de ser un refugio para convertirse en un campo minado donde todos caminan de puntitas para no despertar a la fiera o al bulto deprimido.

  • En lo Social: Vivimos en una cultura hipócrita. Te presionan para que bebas ("¿un juguito?, ¡no seas payaso!"), pero te dan la espalda cuando pierdes el trabajo o la dignidad por su causa. La sociedad celebra el consumo pero estigmatiza al adicto, una trampa perfecta para mantenerte consumiendo en silencio.

Responsabilidad y Empatía: El primer paso no es la voluntad

Si tú, que consumes, sientes que ya no puedes parar, deja de castigarte con la idea de la "falta de voluntad". El alcoholismo cambia la química de tu cerebro; pedirle a un alcohólico que deje de beber "porque quiere a su familia" es como pedirle a alguien con asma que respire bien porque sus hijos lo necesitan.

La responsabilidad empieza por admitir la derrota frente a la sustancia. Solo cuando dejas de luchar contra la botella, puedes empezar a luchar por tu vida. No es un camino fácil, pero es el único que no termina en un hospital, una cárcel o un cementerio.

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