Lo bueno, lo malo y su impacto en la sociedad
Como psicólogo, no puedo negar que los realities atraen por una razón muy humana: nos gusta mirar la vida de otros. Nos identificamos, nos comparamos y, de alguna forma, nos vemos reflejados. Sin embargo, entre lo que se muestra y lo que se manipula, la línea es muy delgada.
Lo bueno de los reality shows
No todo es negativo. Los realities tienen algunos aspectos positivos que vale la pena reconocer:
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Visibilizan realidades y talentos: algunos programas permiten que personas comunes muestren sus habilidades, cuenten sus historias y cumplan sueños.
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Generan empatía: ver la vulnerabilidad, los logros o los errores de otros puede hacernos reflexionar sobre nuestras propias emociones y decisiones.
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Ofrecen entretenimiento y conexión social: comentar lo que pasa en un reality puede convertirse en una forma de convivencia familiar o social.
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Dan voz a sectores invisibilizados: en ciertos casos, han servido para hablar de diversidad, discriminación o problemas sociales que antes no aparecían en pantalla.
El problema surge cuando el interés por entretener supera la ética de lo que se muestra.
Lo malo: cuando la vida se vuelve espectáculo
Algunos riesgos y efectos negativos:
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Exposición emocional extrema: los participantes quedan expuestos a críticas, burlas o acoso en redes sociales.
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Normalización del conflicto y la violencia verbal: el drama vende, y con ello se promueve la idea de que gritar, humillar o manipular son conductas normales.
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Falsas expectativas de fama y éxito: muchos jóvenes creen que la popularidad es sinónimo de valor personal, y aspiran a “ser vistos” más que a “ser auténticos”.
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Distorsión de la realidad: el público termina creyendo que la vida debe ser como en los realities: intensa, competitiva, superficial y llena de emociones extremas.
En el fondo, estos programas alimentan la cultura del espectáculo y del juicio, donde lo importante es la apariencia y no el contenido.
El impacto en la sociedad y las personas
Los reality shows reflejan y, al mismo tiempo, moldean los valores de la sociedad. Si lo que más se consume es conflicto, competencia y drama, eso termina normalizándose.
Psicológicamente, los efectos pueden variar:
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En algunos casos, generan identificación positiva: “si ellos pueden, yo también puedo”.
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Pero en muchos otros, provocan comparación constante, frustración, baja autoestima y deseo de reconocimiento inmediato.
A nivel social, los reality shows refuerzan ciertos estereotipos: belleza física, fama rápida, éxito sin esfuerzo, amor superficial. Todo eso influye directamente en cómo las personas —sobre todo los jóvenes— se perciben y se valoran.
La televisión y las plataformas digitales no solo entretienen: también educan emocionalmente, aunque sea sin proponérselo.
¿Qué podemos hacer como sociedad?
La clave está en consumir sin dejarnos consumir.

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