Los riesgos de la Pertenencia

 


Cuando encajar nos cuesta demasiado

La necesidad de pertenecer es tan humana como respirar. Todos queremos sentirnos parte de algo: una familia, un grupo, una comunidad, una ideología, una red social. Pertenecer nos da identidad, seguridad y sentido. Pero, ¿qué pasa cuando ese deseo se vuelve una jaula invisible? ¿Cuándo dejamos de ser nosotros mismos solo para no sentirnos fuera?

Como psicólogo, he visto que el problema no está en querer pertenecer, sino en lo que estamos dispuestos a sacrificar para lograrlo.

El lado luminoso de la pertenencia

Sentirse parte de algo nos sostiene emocionalmente. El grupo puede darnos apoyo, motivación y propósito. La familia, los amigos, la escuela o incluso una comunidad digital pueden ayudarnos a sentirnos valiosos y comprendidos.

El ser humano es social por naturaleza. Desde pequeños buscamos aprobación: primero de los padres, luego de los amigos, y más adelante de la pareja o el entorno profesional. Esa conexión es necesaria para el desarrollo emocional.

Pero la línea entre pertenecer y perderse en el grupo puede ser muy delgada.

Cuando pertenecer se vuelve un riesgo

El deseo de aceptación puede llevar a comportamientos dañinos. Cuando el “nosotros” se impone sobre el “yo”, surgen presiones, culpas y dependencias emocionales. Algunos de los riesgos más comunes son:

En redes sociales, este fenómeno es aún más evidente: se busca pertenecer a través de “me gusta” y seguidores, aunque eso implique vivir una versión editada de uno mismo.

Pertenecer a cualquier precio

A veces, las personas aceptan grupos que les hacen daño —ya sean religiosos, políticos, sociales o afectivos— porque el miedo a estar solos pesa más que la libertad personal.
Ese tipo de pertenencia no construye, sino que controla, limita y uniforma.

Cuando un grupo exige obediencia ciega, manipula emocionalmente o prohíbe pensar diferente, ya no estamos perteneciendo: estamos siendo absorbidos.

El riesgo más profundo es dejar de escucharse a uno mismo. Cuando todo lo que hacemos depende de “qué dirán”, “cómo me verán” o “si me van a aceptar”, la identidad se diluye.

Aprender a pertenecer sin perderse

La pertenencia sana no exige renunciar a la individualidad. Al contrario, un grupo sano celebra las diferencias, escucha y permite crecer.

Educar emocionalmente para la autonomía es clave: enseñar a los jóvenes (y recordarnos a los adultos) que no necesitamos encajar en todos los lugares, sino encontrar aquellos donde podamos ser auténticos.

Pertenecer debe ser una elección, no una obligación. Y ningún grupo, por valioso que parezca, debería hacernos sentir que ser uno mismo es un error.

Pertenecer es humano, pero perder la identidad por miedo al rechazo es peligroso. La verdadera pertenencia no se compra con sumisión ni con máscaras, sino con autenticidad, respeto y libertad.

Aprender a decir “no” también es una forma de pertenecer… a uno mismo.

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